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Balseros Cubanos: Mentir no es una solución para el dilema de los balseros

Por Álvaro F. Fernández – Cortesía de Progreso Semanal/Weekly

QPM.ORG. Se identifica plenamente, y aboga, con el derecho que tienen los balseros a  viajar a la isla para visitar a sus seres queridos. Las últimas oleadas de emigrantes cubanos lo hacen  principalmente por razones económicas, no políticas, van  hacia tierras extrañas, aun a costas de sus propias vidas,  en búsqueda de sueños que no pueden lograr en el suelo que lo vio nacer.

QPM.ORG. Se identifica plenamente, y aboga, por el derecho que tienen los balseros a viajar a la isla para visitar a sus seres queridos. Las últimas oleadas de emigrantes cubanos lo hacen principalmente por razones económicas, no políticas, van hacia tierras extrañas, aun a costas de sus propias vidas, en búsqueda de sueños que no pueden lograr en el suelo que lo vio nacer.

Permítanme contarles acerca del señor Mesa. Tiene 43 años. Llegó a EE.UU. en 2005.

Mesa es uno de los muchos miles de cubanos que llegaron aquí en uno de esos botes improvisados –más bien una balsa. Pedazos de lo que pudieran encontrar y que flotaran atados, pegados y clavados unos con otros, luego lanzarse al mar.

Pasó más de una semana en el Estrecho de la Florida. Mesa me cuenta que ahora sabe lo que es estar casi diez días enfrentándose al mar. Y agrega, sin ninguna duda en su voz, que no intentaría repetir la experiencia.

Es más, dice, hay gente que ha tratado de convencerlo de que traiga a sus hijas y a la madre de sus hijas de la misma manera. Uno no hace eso a personas que ama, dice. Y sí, él puede pagarlo. Pero no arriesgaría sus vidas, me asegura.

Mesa extraña a sus hijas, una de las cuales tiene casi tres años. Nunca la ha visto en persona. Con la mayor habla por teléfono. A ella le extraña, me dice, por qué ya no va a visitarla. Hasta duda de su amor, dice con  tristeza.

En febrero escribí de que era “hora de que permitan regresar a los balseros”. De las historias que tengo pensado contar, al menos hasta que encontremos soluciones a este problema que divide a las familias cubanas que viven en muchos lugares del mundo, esta me parece fascinante. También señala otra razón de por qué esta política, que las autoridades cubanas insisten en mantener, no tiene mucho sentido. Además del hecho de que es totalmente cruel y verdaderamente inhumana.

En mi primer artículo acerca del tema, escribí que “a fines de la década de 1990 un funcionario de la Casa Blanca, en una conversación con el embajador cubano en Washington Dagoberto Rodríguez, advirtió de que un éxodo masivo de balseros podría ser considerado un acto de agresión contra EE.UU. y, por tanto, un acto de guerra.” Lo entiendo. Es más, como dije en el artículo, me identifico con las autoridades cubanas. Basándose en la historia de EE.UU. de irrespeto por la soberanía de casi cualquier otro país, Cuba tiene derecho a estar alerta como un gato.

Pero los hechos acerca de lo que realmente ocurre me hacen pensar por qué los cubanos no enfrentan el problema de manera más directa y con la intención de solucionar este problema más temprano que tarde.

¿Por qué no puede Mesa visitar en Cuba a sus hijas y a la madre de sus hijas?

Este es un caso en que la política llega casi al absurdo. Veamos. Mesa llegó a EE.UU. en 2005. En 2006 había renovado su pasaporte y para 2007 estaba viajando a Cuba. Por aquel tiempo iba más de una vez al año. Vivía en Georgia. Trabajaba y ahorraba dinero para visitar a su hija y a la madre de su hija, quienes viven en Manzanillo, Cuba.

En el transcurso de sus visitas, la madre de sus hijas quedó embarazada de nuevo de la niña que ahora tiene tres años. Pero en 2010 él cometió su mayor error, me dijo.

“No soy un mentiroso”, dice. Así que cuando llegó a Cuba, al entrar al aeropuerto, por primera vez le preguntó un funcionario de Inmigración cuándo y cómo había salido de Cuba. “Fui honesto”, dijo, y le respondió que era un balsero.

Fue devuelto a EE.UU. en el próximo vuelo. Desde entonces no ha visto a su familia. Y como me explicó, “Si yo hubiera mentido y les hubiera dicho que era uno de los miles que ha ganado la lotería de la salida, probablemente seguiría yendo de visita a Cuba un par de veces al año sin problemas”.

La situación de Mesa no es única. Él me asegura que hay otros balseros que viajan con regularidad. Pero no han sido identificados como balseros, insiste.

Mesa termina la conversación planteando lo que posiblemente sea la percepción más problemática de la situación. “Casos como el mío”, dice, “me hacen pensar si las autoridades cubanas prefieren que yo les mienta…”

Como si mentir fuera la solución del problema.

 

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